En
frente del papel y dispuesto a escribir o leer un poema es fácil caer en el
engaño y terminar creyendo que aquello que se escribe refleja eso que se dice
se ubica adentro, que por medio del arte o la técnica se saca y se transmuta en
algo tangible. Quiero creer en la poesía y en los poetas, pero he leído tantos
poemas sobre gritar y he escuchado tan pocos gritos, que parece que escasean la
inspiración o el aliento.
Su
figura está adornada de finas exquisiteces excéntricas, el cuello de su camisa
se extiende más de lo necesario y sus mangas terminan en boleros, sus ojos
entrecerrados con frialdad parecen no poder ver más allá de su elegante pluma,
que mancha un papiro que inmortalizará seguramente un poema que habla de
gritos, sí, habla, porque el poeta no grita.